Rosa: Historia(s) de un color

Cuando supe que lo que traía en la barriga era niña, inmediatamente informé a mi círculo más cercano -por si les quedaba alguna duda- de que no quería nada rosa. No es que no me guste el color, es que no me gusta la uniformidad, y entre las cajas y cajas de herencia de tías y primas había toneladas de ropa rosa. No es que mi Gordi nunca use ese color, y de hecho, yo misma le he comprado algunas cosas, pero no quería que se convirtiese en una niña-pastelito-pantera-rosa.rosa

Tampoco me gusta, o mejor dicho, especialmente no me gusta, esa división tajante de colores, que hace que en las tiendas de juguetes haya varios pasillos rosas en los que se encuentran aquellos juguetes dedicados a consagrar los roles que se supone que las mujeres tenemos asignados, a saber, tareas domésticas, crianza y estereotipos femeninos entre la Barbie y las princesas de Disney. Baste un ejemplo: los legos rosas no sirven para hacer aviones ni casas, sino cupcakes, aunque a instancias de una niña danesa, la empresa se está poniendo las pilas en lo que se refiere a igualdad.

No es que yo nunca haya jugado con muñecas ni que quiera evitar que mi hija lo haga. Al contrario, espero que le encanten, y si alguna vez tengo un niño, que le guste a él también jugar a desempeñar un rol de padre o de amo de casa, pero no quiero que esas sean las únicas opciones. Y mucho menos, que vengan impuestas por estrategias de márquetin con menos de treinta años.

Porque como explica el suplemento de moda de El País, S Moda, en este artículo, hasta bien avanzado el siglo XX, el rosa no era un color con connotaciones femeninas, y hasta los 80, celeste y rosa eran intercambiables para bebés. Además, las niñas, sin condicionamiento, no tienen una predilección genética por este color, por lo menos la mía, pues yo he hecho varios experimentos sobre el tema y cada vez elige un color distinto. Por ejemplo, para pintar prefiere los verdes, marrones y naranjas, pero para beber siempre elige un vaso azul, y si la dejo rebuscar en su armario, no importa el color de la prenda, sino el animal que tenga estampado (ahora, ovejas o búhos). Eso sí, si estamos en un bar y quiere agua o un zumo, invariablemente pide una pajita rosa.

Ahora que se acerca la Navidad y los catálogos de las jugueterías se han convertido en sus acompañantes inseparables, he pensado mucho sobre todo esto y me sitúo firmemente en la línea de Riley, la niña de cinco años que lanzó al mundo una clara reflexión sobre el márquetin de los juguetes: A los niños también le gusta el rosa, y a las niñas también le gustan los superhéroes. 

Y yendo un poco más allá de los colores, no se nos puede olvidar que el juego no es tan inocente. Es una forma de entender el mundo, de hacerlo nuestro y situarnos en él. La mejor forma de aprender. Por eso, elegir juguetes no es algo tan superficial. Como dice el anuncio de la marca de juguetes Goldie Blox,los juguetes han ayudado a crear ingenieros, inventores y pensadores. Nuestras niñas se merecen más”. Vamos que, repitiendo el lema de la ong inglesa PinkStinks (El rosa apesta), “hay más de una forma de ser una niña” y yo quiero que la mía elija la suya.

** La foto destacada es la portada del libro ¿Hay algo más aburrido que ser una princesa rosa?
Publicado originalmente en ¡Qué pequeño es el mundo! el 14 de noviembre de 2013
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