Sin gritos, por favor

No me gustan los gritos. No me gusta cuando los demás invaden tu espacio con sus conversaciones chillonas: tu mesa en el restaurante, tu toalla en la playa, tu asiento en el bus… No  me gusta tampoco cuando chillan los niños incontrolados y sus padres no hacen nada aparte de levantar el tono de voz para seguir con su conversación por encima del ruido de las criaturitas, o como mucho, gritarles FULANITO, NO GRITEEESSS. Lo siento, no me gusta nada.

Pero los peores gritos son aquellos que sustituyen a los argumentos, los que usamos cuando nuestras palabras están tan vacías que no pesan y hay que engordarlas a voces, cuando tratamos de imponer una razón que no tenemos o una autoridad que no sentimos. Y los que más odio son los que doy yo, esos que se me escapan incontrolados cuando no puedo más, cuando me ganan la partida el cansancio, los problemas, los días malos y los malos pelos.

En esos momentos, me vuelvo como Pepe Pótamo y el grito huracanado sube por mi garganta, incontrolable; me puede la desesperación y le pego tres voces a la Gordi, aunque probablemente, no se las merece porque la que ha dejado a su alcance esos papeles tan importantes que ahora tienen unos dibujos preciosos he sido yo, o porque lo propio de una niña de dos años es ir por la calle parándose con cada cosa que le llama la atención, cada perro, cada flor, cada máquina de bolas de las narices…

Cuando me quedé embarazada y como una loca me bebí Google, le puse nombre a muchos de los principios en los que se basa mi idea de educación, diseñada a partir de los modelos (a imitar y a rechazar) que me ofrecía la vida: crianza natural, maternidad instintiva, apego, etc. Y encontré alguna que otra herramienta educativa un poco más acorde con mi filosofía que las supercollejas con efecto de Catalina Moreno, madre de Manolito Gafotas, famosas en el mundo mundial (que no digo yo que algún día no tire de ellas, ¿eh?).

Pero todas aquellas cosas que sobre el papel suenan tan bien, en la vida real son un poco más duras, un poco más difíciles,  y en estos días en que mi vida se ha complicado más de la cuenta, con una mudanza que se está haciendo eterna y un cambio de planes de 180 grados, mi yo chillón se apodera de mí y me convierto a menudo en la Terrible Mamá Enfadada.

Y no es que yo sea una modosita, dulcita y todo los -ita que se os ocurran, más bien todo lo contrario: en casa tengo fama de tener una lengua de gatillo fácil, y de arrepentirme más de lo que dije que de lo que no. Sin embargo, y gracias a nuestros hij@s, hay cosas en las que no seguimos siendo las mismas, si no un poco mejores, y este es uno de los aspectos en los que yo me esfuerzo por cambiar.

Mientras encuentro alternativas y trucos más a mi medida que los que propone esta mamá en su blog The orange Rhino Challenge (divertidísimos de todas formas), trato de encontrar esos momentos en blanco, en exclusiva para mí, para hacer algo que me apetezca y me cargue las pilas. Pero sobre todo me armo de paciencia y de ganas de ser feliz, de contagiarme de la energía de mi enana y su capacidad para la risa, y así afrontar las cosas de otra manera: sin gritos, por favor.

Publicado originalmente en ¡Qué pequeño es el mundo! el 16 de diciembre de 2013
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Una respuesta a “Sin gritos, por favor

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