Un empujoncito para volar.

Una de las cosas que más me ha preocupado siempre respecto a la educación de mis hijas, incluso antes de tenerlas, es que desarrollen una correcta autoestima, una buena percepción de sí mismas y la confianza necesaria para enfrentarse a la vida, pues creo que en la confianza en una misma, o mejor dicho, en la falta de esta, radican muchos de nuestros principales problemas, sobre todo en la adolescencia.

Esto queda muy bonito así dicho, pero hasta el hecho, va un trecho, y ¿cómo se consigue?, ¿cómo podemos los padres orientar la educación de nuestros hijos para que tengan una buena autoimagen, con confianza en sí mismos pero sin llegar a ser demasiado engreídos o considerarse por encima los demás? La verdad, difícil tarea, como todas las que se relacionan con la educación.

En La educación del talento, el libro de José Antonio Marina del que hablé aquí, el autor hace una interesante propuesta, según la cual la educación de la confianza se basa en tres pilares: el apego, la competencia y la dignidad. El apego se desarrolla en los dos primeros años de vida, y básicamente consiste en el desarrollo de la seguridad básica, en que la bebé tenga la seguridad de que todas sus necesidades básicas están cubiertas (de ahí la relación con la lactancia materna a demanda, aunque esta no es ni mucho menos imprescindible) y de que la queremos incondicionalmente (por eso métodos como el Estivill pueden tener efectos no deseados). La adquisición de competencia comienza en torno a los dos años, la época del yo sola, y nuestra tarea aquí consiste en fomentar su propia capacidad de enfrentarse a los problemas. Finalmente, coincidiendo con el comienzo de la Educación Primaria, es necesario trabajar el sentimiento de dignidad, la asertividad, la independencia y la afirmación en el grupo, a través de modelos de respeto y de dignidad humana: cuentos, películas, y sobre todo, nuestro propio comportamiento.

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Hasta aquí, una teoría como cualquier otra, palabras sobre el papel, que ya sabemos que lo soporta todo. Sin embargo, a mí  me parece especialmente interesante porque está en la línea de mi forma de pensar (algo fundamental para que una teoría nos cuadre) y porque por ahora estoy comprobando sus efectos: mi peque tiene dos años, ya no es un bebé, sino una niña cada vez más autónoma. Marina propone que en esta etapa los padres deben evitar la sobreprotección y aumentar gradualmente los niveles de tensión que el niño puede soportar para que descubra su capacidad para enfrentarse al mundo. Así leído me sonó un poco heavy, y se contradecía con mi  idea de una crianza respetuosa, que aceptara y respetara sus necesidades y sus ritmos. O tal vez no, porque quizás el problema es que malinterpretamos cuáles esos ritmos y necesidades.

El caso es que mi chica estaba pasando una mala fase. Demasiados cambios en muy poco tiempo le estaban generando unos miedos y ansiedades que hasta entonces yo no había observado. No quiero ir a la guarde, no quiero ir a la piscina… El drama del agua era especialmente sorprendente: mi pequeña nutria del verano se había convertido en una gata escaldada que me arañaba el cuello y maullaba como una loca al meterse en la piscina. La verdad es que yo no sabía qué hacer: una parte de mí me pedía a gritos que la empujara al agua y otra me incitaba a salir corriendo y acurrucarla en la toalla, si no quería piscina, pues sin piscina. Pero un día el monitor zanjó el tema, me la arrancó de los brazos (literal, que la señal de sus uñinas me duró unos días) y le dijo que hasta que no  se quedara tranquila con el flotador no volvía conmigo. Al principio gritó como una loca, y yo, que tengo la extraña costumbre de verme desde fuera, tenía una cara de estar a punto de echarme a llorar que era un poema, ¿de verdad aquello era necesario? Pues parece ser que sí, pues ese mismo día, casi al terminar la clase, me di cuenta de que trataba de hundirse. ¿Quieres meter la cabeza? Sí. ¡Pues pabajo! Salió con el agua chorreándole por las pestañas y una cara de emoción increíble. Y yo casi lloro (otra vez, esas hormonas…) cuando me soltó loca de contento la frase que estas últimas semanas se ha convertido en su grito de guerra: ¡Sé aprender!pato

Sé aprender. No sé si ha sido causa o casualidad, pero este pequeño triunfo fue el pistoletazo de salida para un montón de progresos, no solo en la piscina, donde prácticamente ya no nos deja acercarnos a ella, sino en un aumento de la seguridad y la autonomía en todos los campos. La última, ha decidido por sí misma quitarse el pañal porque es mayor. Ahora es la loca de las bragas y yo de la fregona, para recoger los charquitos de pis que se le van escapando, pero sobre todo, los charcazos de baba de su padre y mío, que vemos, asombrados y orgullosísimos como la beba llorona de hace unos días se ha convertido de pronto en una niña segura, autónoma y muchísimo más feliz.

Así que yo me pregunto ahora, ¿es necesario un empujoncito para aprender a volar?, ¿cómo encontrar el punto justo de presión? Como siempre, más preguntas que respuestas en esto de educar y criar.

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3 Respuestas a “Un empujoncito para volar.

  1. Jeje, “Sé aprender”… me encanta. Yo creo que un empujón sí es necesario, pero también creo que entraña sus riesgos… puede no funcionar y empeorar la situación, me explico: a mí me daba pánico meterme en el agua del mar de pequeña, y no se me pasaba el miedo aunque soy de pueblo de mar de toda la vida. Un verano tuve un profe de natación que nos daba clasecillas a seis o siete peques en la ría, que no hay olas, todo tranquilito… en la parte donde no cubría, y al principio bien. Pero al final de la clase todos iban a tirarse al espigón, donde sí cubría, y yo me moría de miedo. Un día el profe me obligó a meterme allí, donde cubría, con un flotador, para perder el miedo y monté un escándalo tal que aún deben de acordarse los vecinos de la zona… estuve un mes sin ir a clase.
    Cuando volví, me encontré con que había otra niña nueva también con pánico a meterse donde cubría. Ese día el profe nos obligó (más o menos), a las dos a que entráramos al agua, juntas, con flotador, y a ver cuál de las dos aguantaba más nadando sin tener miedo. Bajamos las escaleritas del embarcadero de la mano, y entramos a la vez, y como una aguantaba, la otra también.
    Ese día tuvieron que insistirnos para que saliéramos porque no queríamos, lo estábamos pasando en grande y la sensación era genial. Aún hoy tengo algo de respetillo a meterme en el mar y que me cubra, pero recuerdo aquel día como uno de los más acongojantes, y de los más satisfactorios de mi vida al ver que yo también era capaz de meterme al agua donde cubría como todos los demás niños de clase. Y mira que debía de tener 8 o 9 años… pero imagino que fue uno de tantos días en los que te das cuenta de que para aprender a aprender hay que echarle un par.
    “Sé aprender”. me quedo con eso, pedazo frase con moraleja incluida se ha marcado tu peque.
    Y vaya rollazo te he soltado yo! Jaja, un besazo, guapa!

    • Pues sí, Blan, a eso me refiero con la pregunta, mi gran duda como en todo: hasta dónde empujamos y hasta dónde sujetamos. Es que lo del término medio es chungo!
      Y me encantan tus “rollazos”. Un beso!

  2. Creo que esta además es de las dudas que nos van a acompañar todad la vida. Incluso cuando sean adult@s. ¿Hasta dónde necesita un soltar amarras y un empujoncito?. Y ¿cuando si es necesario o beneficioso y cuando no?. Me temo que tendremos que ir decidiendo sobre la marcha, con lo que ya hemos aprendido como madres/padres y lo que vamos conociendo de nuestros hijos. Y tendremos que meter la pata y acertar. Igual que ellos ;)…
    Al final a ver si nosotras también en algún momento somos capaces de decir “Sé aprender” 😉
    Un besazo María!

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