Con M de Movimiento

El otro día, rastreando diccionarios en busca del origen y el significado del término movimiento para este otro blog donde escribo sobre lengua y lenguaje, eché en falta un significado, una acepción, o si acaso, una dimensión del término que los diccionarios tradicionales no recogen: movimiento fetal.

Quizás por eso que decía Cortázar de que los diccionarios son como cementerios, y las palabras allí encerradas están como muertas, enterradas, esperando a que las resucitemos y las agarremos a la vida, necesitamos redefinirlas y resituarlas. Reinsertarlas en el mundo de los vivos con existencias que se ajustan y describen las nuestras,  y así nacen iniciativas como La maternidad de la A a la Z, este carnaval de blog iniciado por Trimadre a los treinta que va camino de transformarse en libro.

Aunque llego tarde para participar, en mi caso la primera palabra que se ha escapado del cementerio para ajustarse al ritmo de mi vida de madre es precisamente esta: la m de movimiento, de movimiento fetal. 

Porque soy de embarazo fácil y hasta que no empieza a crecer la panza, ni me entero, todo el tiempo entre el test de la farmacia y la primera eco me lo he pasado con la incómoda sensación de que cuando llegara el día y la gine me plantara el micrófono en la barriga iba a mandarme directamente al siquiatra, porque de embarazada, nada. Sin embargo, la dos veces, en la semana doce como un reloj, las bichinas estaban ahí, pataleando como si vivieran en un tablao flamenco. Y unas semanas después, esos movimientos virtuales, que parecían estar solo en la pantalla del ecógrafo, se han convertido  en la señal inequívoca de que era cierto, de que iba -y  voy de nuevo- a ser mamá.

Ese burbujeo primero, que una no sabe muy bien si son gases o qué, se convierte entonces en otra cosa difícil de explicar, un pequeño golpecito, un toque de atención desde dentro que se traduce en un “Hola, mami”, que de pronto te saca del ensimismamiento en que andas perdida viendo llover; en un “Yo también estoy aquí” mientras acurrucas en brazos a tu otra hija dormida, o quizás en un “Venga, que no pasa nada” mientras te desesperas intentando encontrar salidas donde solo ves problemas.

Pronto serán otra cosa, y hasta su padre los notará. Quizás ataques de hipo repentino que te hacen reír y perder el hilo de la peli en la que tratas de concentrarte, una cabeza presionando un rincón de tu barriga que de pronto parece un alien, o esos pies que se te clavan debajo de las costillas y no te dejan parar.  En cualquier caso, esos movimientos que a su hermana le valieron el sobrenombre de Lagartija que ahora añade al final de sus dos apellidos, orgullosa como si fuera un título nobiliario, son su primera forma de comunicarse contigo, de hacerte sentir que es, que está, que no solo toma posesión de tu cuerpo, sino también de tu vida, y para siempre.

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2 Respuestas a “Con M de Movimiento

  1. Que lindo, María, y que recuerdos me has traido… madre mía, hace ya más de cuatro años y parece que fue ayer.
    Es verdad que son algo más que simples movimientos, son casi una forma de vivir durante unos meses, pura comunicación. Te sientes contenedora de algo que navega en tu interior, lleno de vida. Yo también creo que faltan muchas definiciones en cuanto a maternidad se refiere… ojearé el enlace! gracias!
    Un besazo doble!

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