Una reflexión innecesaria

Pues sí, así, de esta forma tan tonta, comienzo mi año bloguero. Y no es que vaya con el calendario chino, sino que por fin, después de mucho tiempo sin darle al teclado, he vuelto al blog. Pensaba dejar pasar enero para pensar, organizarme y hacer algunos cambios, pero en vez de eso, mi tiempo de reflexión blogomaternal se ha ido por otros derroteros, pensando, rumiando, masticando una idea tan gastada y tan manida como esta. La de la maternidad misma, la visión de hijos, madres y padres, la de los con hijos y los sin hijos. Algo sobre lo que han corrido ríos de tinta electrónica y a lo que poco puedo aportar. Pero qué le vamos a hacer, soy de las que si me callo, exploto.

La cosa es que a lo largo de las vacaciones de Navidad, en ese torbellino de encuentros y reencuentros con familia y amigos, hemos hablado mucho de los hijos, tenerlos y no tenerlos, cómo criarlos, malcriarlos y demás. Y durante unos días he estado con la sensación de que la rara, la incomprendida, era yo. Sí, eso mismo que dicen muchas mujeres sin hijos de que nadie entiende su decisión. Lo de ¿Y los niños pa’ cuando? pero al revés: ¿Niños yaaaa? Y eso que yo no soy precisamente una adolescente.

A mí siempre me ha importado poco la opinión de los demás, la verdad, pero estos días he estado especialmente susceptible. Me he sentido encasillada en el papel de madre, como dejando de ser persona, y me ha parecido sentir la incomprensión, el desinterés y las caras de Ay-pobrecita-qué-horror o Ah-tú-te-lo-has-buscado cuando he tratado de explicar porqué no me apetecía salir en Nochevieja, he hablado de que mis expectativas laborales, difíciles de por sí, están limitadas ahora mismo por los horarios de cole y guardería de las niñas y su padre, o he despotricado del consumismo excesivo de regalos/rebajas/reyes/fiestas porque no forma parte de la educación en la que creo.

Y seguramente esta sensación no es más que otra vuelta de tuerca en mi maduración personal, en el proceso mismo de ser y estar que es la vida, el juego de rol en el que vivimos inmersos y que nos define como personas. Y quizás lo que percibo en la mirada de los otros no está ahí realmente, no es más que el reflejo de mi propia mirada interior, el no saber muy bien quién soy a costa de estar presente constantemente en el desarrollo del yo de otros dos seres que me acompañan y viven en mí, conmigo y a veces, hasta por mí.

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Alicia creciendo y descreciendo, sin acabar de saber quién es.

Así, cada vez que iba a ponerme a escribir de madres y niños, de padres y niñas, de cuentos y cuentas me ha asaltado la duda, el porqué y para qué de todo esto. Por eso, para hacer borrón y cuenta nueva, como la que se compra una agenda al empezar el año, necesito poner en orden mi cabeza antes que mis estanterías. Y ese orden pasa por definir primero qué es para mí se madre, eso que ahora forma también parte de ser yo y que ocupa el 87% de mi vida.

Porque ser madre es esta cara de mapache y este cuerpo en el que me reconozco penosamente en las fotos, los pelos locos, la depilación a medias. Es el cansancio acumulado que se ha comido el final de todas las películas confundiéndolas en una suerte de misma escena repetida, es renunciar al derecho a una resaca digna. Es agacharte cinco mil veces al día, cargar una mochila andante de diez quilos, o de veinte, y a veces las dos a la vez.

Es no tener espacio para pensar en ti misma y en tus cosas superimportantes porque siempre hay una voz que canta, que grita, que llora, que pregunta. Es darle un valor nuevo al silencio: valorarlo por encima de todas las cosas o temerlo, porque la mayoría de las veces significa desastre, inminente o consumado.

Es miedo intenso. Miedo a cagarla, a no estar a la altura, a no tomar nunca la decisión correcta, a no poder proteger a tus cachorros más allá de donde llegan tus brazos y a veces, ni eso. Miedo al miedo mismo.

Es perder la individualidad. Es volver a casa de tus padres y que se den cuenta de que estás ahí solo cuando ya han babeado y espachurrado suficientemente a las niñas (Y pobre de ti como se te ocurra aparecer sin ellas). Es no poder tener una conversación sin interrupciones. Es no poder ir al baño sin interrupciones, huir al gimnasio solo para poder darte la ducha que te mereces.

Es responsabilidad. Individual, familiar y sobre todo social. La necesidad de ser mejor persona para criar buenas personas, educar buenas ciudadanas. Usar tus poderes, los que sean, para hacer del mundo un lugar mejor aunque sea solo porque es el que dejarás en herencia a tus cachorras, y esas a las suyas si es que deciden que merece la pena seguir reproduciéndose en este caos en el que vivimos.

Es otra oportunidad para vivir. Recuperar el derecho al juego y la ternura, a las pelis de dibujos. Disfrutar de la Navidad en todos los sentidos, volver a aprender a hablar, a leer, a montar en bici, a saltar las olas, a creer en las hadas y en los superpoderes. Volver a ver amanecer por primera vez, las estrellas fugaces, la nieve. Es volver a pensar el mundo, repetirte todas las preguntas cuyas respuestas dabas por sabidas, asumidas, y no era así.

Y es AMAR. Así, con todas las letras en mayúsculas, sin lazos rosas, ni azúcar ni cursilería, solo esa fuerza que te sale de en medio de las tripas, del centro de la garganta, que a veces no sabes si vas a llorar, o a vomitar o qué. Porque en esta vida no hay nada que valga más la pena que querer a alguien con toda tus fuerzas, que duela, como si fueras a romperte. Nada que de más fe de que estás viva.

Por la noche, en el silencio cansado de la ciudad que duerme, escuchar la respiración de mis cachorras dormidas, calientes, tranquilas, acurrucadas, echas un ovillo o despatarradas en toda su extensión de brazos, piernas, bocas abiertas y babas colgantes me regala una punzada de amor puro en medio de las dudas, el cansancio, la falta de sueño, el miedo… Y ese instante compensa todo lo demás y me obliga a darme las gracias por las dos mejores decisiones que he tomado en mi vida.

No sé cómo sería mi vida ahora sin ellas. No sé si sería más o menos feliz. No sé cómo será dentro de dos años, de cinco, de diez. Pero para mí, aquí y ahora, eso es ser madre, y forma parte de lo que soy.

 

 

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